Siento que últimamente no me estoy nutriendo bien, en todos los sentidos. Como lo que puedo, leo apenas algunas lineas, no dibujo y casi ya no pinto. Estoy viviendo de café y música.
Será por eso que no puedo escribir lo que debo, siento que mi cerebro no hace las conexiones que debe, me siento desorientada.
Cuando el mareo llega lo mejor es oír una buena rola: estos días una canción me hizo sonreír porque era opuesta a todo lo que me rodeaba, otra me quitó el sueño una mañana, varias me han dado escalofríos.
Hoy me detuve un momento en medio del pasillo en lo que sonaba el sólo de Turn it Again, el motivo de esta entrada, tal vez no es la mejor de los RHCP pero para mi es la manifestación de mi estado actual: Mareo.
A mi me fascina oír la guitarra de John Frusciante...
viernes, 30 de septiembre de 2011
miércoles, 21 de septiembre de 2011
{Para Alex} Palm of your hand
Don't take anything for granted
Creemos que todo va a ser siempre de la misma forma, que las cosas cambian lentamente y que no vamos a ver el fin del mundo como lo conocemos.
Pero debemos hacernos a la idea de que antes de que nos demos cuenta el futuro llegará a nosotros. O peor aún en un segundo todo lo que conocemos puede desaparecer, en un sismo por ejemplo.
Así que como nadie va a venir a salvarnos, nunca dejes de decir te amo...
de Cake, para variar :D
Creemos que todo va a ser siempre de la misma forma, que las cosas cambian lentamente y que no vamos a ver el fin del mundo como lo conocemos.
Pero debemos hacernos a la idea de que antes de que nos demos cuenta el futuro llegará a nosotros. O peor aún en un segundo todo lo que conocemos puede desaparecer, en un sismo por ejemplo.
Así que como nadie va a venir a salvarnos, nunca dejes de decir te amo...
de Cake, para variar :D
"Palm Of Your Hand"
When the house was standing
You'd never have believed it
When the house was standing
You'd never have believed
The bricks and mortar
Have all given way
At first they resisted but then they began to sway
How can you say forever is at your command
How can you say the future's in the palm
In the palm of your hand
When the house was standing
You'd never have believed it
When the house was standing
You'd never have believed
That gaping hole was once a foundation
Where you stand now were tools in the basement
How can you say forever is at your command
How can you say the future
Is in the palm
The palm of your hand
viernes, 9 de septiembre de 2011
jueves, 1 de septiembre de 2011
{Es primero de septiembre} You part the waters
Otra rola de cake:
You part the waters.
You part the waters.
The same ones that I'm drowning in.
You lead your casual slaughters,
And I'm the one who helps you win.
You've got your grand piano.
You don't even play piano.
I'm the one who plays piano.
You don't even play piano.
You part the waters,
The same ones that I'm thirsty for.
You invite your friends to tea,
But when it's me you lock the door.
You've got your credit cards,
And you thank your lucky stars.
But don't forget the ones who foot the bill.
You've got your grand piano.
And you don't even play piano.
I'm the one who plays piano.
You don't even play piano,
But you part the waters.
You part the waters.
You part the waters.
The same ones that I'm drowning in.
You lead your casual slaughters,
And I'm the one who helps you win.
You've got your grand piano.
You don't even play piano.
I'm the one who plays piano.
You don't even play piano.
You part the waters,
The same ones that I'm thirsty for.
You invite your friends to tea,
But when it's me you lock the door.
You've got your credit cards,
And you thank your lucky stars.
But don't forget the ones who foot the bill.
You've got your grand piano.
And you don't even play piano.
I'm the one who plays piano.
You don't even play piano,
But you part the waters.
lunes, 22 de agosto de 2011
EL CAFÉ TOPACIO IV Y ÚLTIMO
4.-Casualidades
El amor es como la combustión espontanea. A mi ya ni me importaba. Enamorarse es un lujo. Y los miserables, los pobres, no disponemos de ese preciado recurso. Si acaso lo compartimos al leerlo en folletines, en fotonovelas, en la revista en tonos sepia que cada semana, sin falta, compramos.
Cuando llegaste a trabajar aquí, después de que clausuraron el “café topacio”, él te siguió. Ya era, en aquel sitio, tu asiduo visitante, con toda su mala fama: se salía sin pagar, peleaba con quien se dejaba enganchar, pretendía seducir a todas las meseras. Y al otro día se presentaba como si nada hubiera ocurrido.
Eras como verse hasta el fondo de los ojos de la muerte. Como por casualidad. Sin esperarlo, solamente así, sin esperanzas. Verte entre esas mesas como arrecifes, leves espinas alineadas, tumulto de columnas torcidas, enfermas ramificaciones de una plegaria tan consumida.
Él te escribía. Y si no le mostrabas tu inmediata aprobación se molestaba. Pero, sin dudarlo, esas hojitas amarillas, esas letanías sin reposo, las rompíamos juntas, después de leerlas. Nos asustaban tanto como su mirada, ese nudo vuelto luz, ese cerrojo oxidado, ese muro infranqueable.
La pura casualidad de estar en la misma ciudad, el mismo día, a la misma hora. Si cumpliera mis promesas y tomara mis cosas, mi máquina de escribir, mis ajados libros, los cuadernos repletos de escritos sin futuro, y partiera a otro sitio, a un tiempo anterior, al mundo de los sueños, de cualquier forma te encontraría. Como niebla cósmica, como geiser perturbando la paz de un mundo de hielo.
No sé cómo paso. Te enamoraste y con impaciencia lo esperabas. Ya no compartías conmigo sus escritos, los versos trazados en una comanda, las palabras que en un susurro te decía. Hasta que se fue. Sólo te dejó el número de un teléfono al final de una extensa carta.
Como cuando encontré la pequeña librería y entré para hallar ese libro que buscaba para ti; y te lo lleve y vi en tus ojos por primera vez el reflejo de la poesía al recorrer las páginas, al suavemente dar vuelta a la hoja y encontrar los versos que otra persona escribió pero que eran míos, creados para ti y por fin leídos por ti, porque así debía ser.
No conocía en verdad la tristeza. Y contigo en silencio la compartí. Veía con tus lágrimas, respiraba tus suspiros, abrazaba tu inmensurable soledad con mis débiles brazos.
Intente convencerte de llamarlo, de marcar el número y saber, al menos, que en algún lugar él existía para ti y tener la esperanza de encontrarlo, de encontrarse.
Terca, obstinada, te negaste. Un día, sonriendo, al llegar, me lo enseñaste: lo tatuaste en tu pecho, a un lado de una frase: llamar en caso de accidente.
Debía alejarme, dejar de beber y volver a escribir. Por ti, para ti. Encontrarte en medio de la página en blanco y describirte con los ojos desempañados. Luego regresaría, aliviado de mis demonios, y tal vez merecería uno solo de tus desvelos, una palabra inventada para mi, uno de tus sueños ocurriendo en mi realidad. Pero mi cuerpo sucumbió, mi corazón se detuvo, mi alma seducida por leves voces se arrulló hasta quedar para siempre dormida.
Si en verdad yo te amaba debí adivinar tus intenciones. Pero creí que el tatuaje era una prueba de amor que le mostrarías a su regreso. Y esa idea me tranquilizó pues supuse que recobrabas las esperanzas, que te recuperabas y verte de nuevo sonreír, tararear canciones, abrazarme, me impidió descubrir tus planes.
Ahora descansarás, ya no irrumpiré en tus sueños: con jirones de luna, en hervor de flamas, como noche brava buscando su luciérnaga perdida. Y en el espejo de la mañana veré, sobre el vaho sedimentado, los sortilegios que a diario escribías y que nunca atendí. Y el último de tus presagios, pronto materia ilegible, revelará mi condición de arena lacerante. Y después, en el sueño eterno, en desierto me convertiré.
Los imaginaré juntos, como lo deseaste.
Nos enteramos por un empleado del “hospital Juárez” que, todavía incrédulo, narró, entre copa y copa, la llegada del cadáver de una joven mujer que carecía de identificaciones: la única referencia que en la morgue consideraron factible fue el extraño tatuaje pintado en el lado izquierdo del pecho. Un residente, en plan de broma, marcó con su teléfono móvil el conjunto de números, sobre la piel plasmados. Y tal fue la general sorpresa al escuchar, en una plancha aledaña, el timbre de otro aparato. Posteriormente descubrieron a qué teléfono habían marcado: al que aún poseía ese otro cadáver anónimo.
Luego, cuando me reponga, reclamaré ambos cuerpos y al final, luego de cremarlos, esparciré sus cenizas en las oscuras ruinas del “café topacio”.
El amor es como la combustión espontanea. A mi ya ni me importaba. Enamorarse es un lujo. Y los miserables, los pobres, no disponemos de ese preciado recurso. Si acaso lo compartimos al leerlo en folletines, en fotonovelas, en la revista en tonos sepia que cada semana, sin falta, compramos.
Cuando llegaste a trabajar aquí, después de que clausuraron el “café topacio”, él te siguió. Ya era, en aquel sitio, tu asiduo visitante, con toda su mala fama: se salía sin pagar, peleaba con quien se dejaba enganchar, pretendía seducir a todas las meseras. Y al otro día se presentaba como si nada hubiera ocurrido.
Eras como verse hasta el fondo de los ojos de la muerte. Como por casualidad. Sin esperarlo, solamente así, sin esperanzas. Verte entre esas mesas como arrecifes, leves espinas alineadas, tumulto de columnas torcidas, enfermas ramificaciones de una plegaria tan consumida.
Él te escribía. Y si no le mostrabas tu inmediata aprobación se molestaba. Pero, sin dudarlo, esas hojitas amarillas, esas letanías sin reposo, las rompíamos juntas, después de leerlas. Nos asustaban tanto como su mirada, ese nudo vuelto luz, ese cerrojo oxidado, ese muro infranqueable.
La pura casualidad de estar en la misma ciudad, el mismo día, a la misma hora. Si cumpliera mis promesas y tomara mis cosas, mi máquina de escribir, mis ajados libros, los cuadernos repletos de escritos sin futuro, y partiera a otro sitio, a un tiempo anterior, al mundo de los sueños, de cualquier forma te encontraría. Como niebla cósmica, como geiser perturbando la paz de un mundo de hielo.
No sé cómo paso. Te enamoraste y con impaciencia lo esperabas. Ya no compartías conmigo sus escritos, los versos trazados en una comanda, las palabras que en un susurro te decía. Hasta que se fue. Sólo te dejó el número de un teléfono al final de una extensa carta.
Como cuando encontré la pequeña librería y entré para hallar ese libro que buscaba para ti; y te lo lleve y vi en tus ojos por primera vez el reflejo de la poesía al recorrer las páginas, al suavemente dar vuelta a la hoja y encontrar los versos que otra persona escribió pero que eran míos, creados para ti y por fin leídos por ti, porque así debía ser.
No conocía en verdad la tristeza. Y contigo en silencio la compartí. Veía con tus lágrimas, respiraba tus suspiros, abrazaba tu inmensurable soledad con mis débiles brazos.
Intente convencerte de llamarlo, de marcar el número y saber, al menos, que en algún lugar él existía para ti y tener la esperanza de encontrarlo, de encontrarse.
Terca, obstinada, te negaste. Un día, sonriendo, al llegar, me lo enseñaste: lo tatuaste en tu pecho, a un lado de una frase: llamar en caso de accidente.
Debía alejarme, dejar de beber y volver a escribir. Por ti, para ti. Encontrarte en medio de la página en blanco y describirte con los ojos desempañados. Luego regresaría, aliviado de mis demonios, y tal vez merecería uno solo de tus desvelos, una palabra inventada para mi, uno de tus sueños ocurriendo en mi realidad. Pero mi cuerpo sucumbió, mi corazón se detuvo, mi alma seducida por leves voces se arrulló hasta quedar para siempre dormida.
Si en verdad yo te amaba debí adivinar tus intenciones. Pero creí que el tatuaje era una prueba de amor que le mostrarías a su regreso. Y esa idea me tranquilizó pues supuse que recobrabas las esperanzas, que te recuperabas y verte de nuevo sonreír, tararear canciones, abrazarme, me impidió descubrir tus planes.
Ahora descansarás, ya no irrumpiré en tus sueños: con jirones de luna, en hervor de flamas, como noche brava buscando su luciérnaga perdida. Y en el espejo de la mañana veré, sobre el vaho sedimentado, los sortilegios que a diario escribías y que nunca atendí. Y el último de tus presagios, pronto materia ilegible, revelará mi condición de arena lacerante. Y después, en el sueño eterno, en desierto me convertiré.
Los imaginaré juntos, como lo deseaste.
Nos enteramos por un empleado del “hospital Juárez” que, todavía incrédulo, narró, entre copa y copa, la llegada del cadáver de una joven mujer que carecía de identificaciones: la única referencia que en la morgue consideraron factible fue el extraño tatuaje pintado en el lado izquierdo del pecho. Un residente, en plan de broma, marcó con su teléfono móvil el conjunto de números, sobre la piel plasmados. Y tal fue la general sorpresa al escuchar, en una plancha aledaña, el timbre de otro aparato. Posteriormente descubrieron a qué teléfono habían marcado: al que aún poseía ese otro cadáver anónimo.
Luego, cuando me reponga, reclamaré ambos cuerpos y al final, luego de cremarlos, esparciré sus cenizas en las oscuras ruinas del “café topacio”.
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